Pasaron casi 34 años desde el día que el horror golpeó la puerta de su casa en Rosario y se llevó a sus madres «postizas» quienes lo había criado luego que su mamá muriera cuando era muy chico. La historia del asesino, quien conocía al músico y hasta habían compartido escuela.

La historia criminal argentina, lamentablemente, está repleta de hechos sangrientos de lo más cruento que cualquiera puede imaginar. Si bien cada vez que surge una lista con los más reconocidos asesinos nadie se olvida de citar a Barreda, Yiya Murano, o a Robledo Puch, entre otros. Sin embargo, esos pueden que sean los más tristemente célebres aunque nadie olvida ni deja de condenar el enorme daño que les provocaron a sus víctimas, y a cada familia, que recién pudo tener algo de paz cuando terminaron tras las rejas.

Sin embargo, otros nombres que nadie recuerda o simplemente no se conocen fueron tan o más macabros y sus actos escribieron páginas enteras en los libros policiales argentinos. Uno de ellos es Walter De Giusti. Todos se preguntarán ¿Quién es? pero cuando lean un nombre de los más famosos entre los músicos argentinos quizás rememoren uno de los momentos más tristes de su vida.

El 7 de noviembre de 1986, la vida de Fito Páez cambió para siempre. Es que ese día, Rosario se convirtió en la Ciudad de Pobres Corazones. Mientras el músico estaba en Río de Janeiro descansando en el hotel junto a su pareja de entonces, Fabiana Cantilo, con quien había viajado para para presentar el disco Giros, el destino se empeñó en jugarle la peor encrucijada y el horror golpeó la puerta de su casa en Rosario. 

En su ciudad natal, más precisamente en su vieja casa de Balcarce al 600, su abuela paterna, Belia Zulema Ramírez de Páez y su tía Josefa Páez, sus «mamás postizas» luego que la suya muriera cuando era muy chiquito, fueron asesinadas a cuchillazos. También ultimaron a la empleada doméstica Fermina Godoy, que además de los cortes había sufrido un disparo en la cabeza. La masacre se produjo a sólo 150 metros de la entonces Jefatura de Policía, en el edificio de San Lorenzo y Moreno, que actualmente es la sede local de Gobernación.

El perpetrador fue Walter de Giusti, quien con el correr del tiempo se supo que era un conocido de Fito y hasta había ido a la misma escuela y hasta compartía la música como su trabajo. La policía primero detuvo al marido de Fermina, quien había ido a buscar a su mujer al trabajo y se encontró con la aterradora escena del crimen. También a una pareja allegada a los Páez. Pero todos fueron liberados a las pocas horas.

Fito volvió lo más rápido que pudo de Brasil y se presentó en la comisaría tercera, de Dorrego y Salta. Allí contó sobre la rutina de las mujeres y sus  vínculos.«Mi abuela y mi tía eran las personas que más quise. Para mí eran como dos madres. No puedo creer esta cosa loca que ha ocurrido. No la entiendo. Es muy poco lo que puedo decir, con todo el lío que tengo en el mate. Vine a contar cómo vivía mi familia en su casa, porque puede servir a la investigación; a contar cómo vivían esas maravillosas mujeres», le dijo a la prensa tras reunirse con el comisario.

UN ANIMAL HERIDO

La investigación siguió su curso. Fito también, en medio del dolor: tenía por delante la presentación de La, la, La, el maravilloso disco que había grabado ese mismo año junto a Luis Alberto Spinetta. Durante un show en el estadio Obras, de Buenos Aires, el emblemático músico estrenó un tema que luego se transformó en el nombre de un disco que habla del dolor y la violencia que lo atravesaban: «Ciudad de pobres corazones».

 

«Después del horror me empecé a dar manija y compuse, que era lo único que podía hacer», le dijo unos meses más tarde al diario Clarín. «Soy un animal herido, que se relame las heridas y a lo mejor no quiere que lo vean. Como decía Borges, lo que me une a la vida no es el amor, sino el espanto», sostuvo en aquella nota.

LA CASUALIDAD QUE DESCUBRIÓ TODO

Con el correr de los meses, las pistas llevaban a callejones sin salida y las investigaciones no avanzaban. Hasta que el caso dio un giro en agosto de 1987 -casi por casualidad. Paola, una travesti de Rosario, fue detenida y la policía encontró en su poder joyas que habían pertenecido a la abuela de Fito. Paola señaló a su amante, Walter De Giusti, de 24 años. El joven fue detenido junto a su hermano Carlos, de 19. Y confesó los crímenes. 

Pero el peligroso prontuario del asesino guardaba lugar para otros dos crímenes también de mujeres, pero en una casa de la zona sur rosarina, en Garay al 1000. Las víctimas, Angela Cristofanetti de Barroso, de 80 años, y su hija Noemí, de 31. Después de esos crímenes, en diciembre de 1986, el asesino ingresó a la policía. Cuando fue detenido era un agente más en la subseccional 15 de la localidad de Esther. En su casa fue encontrado un grabador que Fito le había regalado a su abuela Belia.

CARAS CONOCIDAS Y LA MISMA ESCUELA

Entre las coincidencias más dolorosas para Fito, seguramente, estará que De Giusti y él se conocían. «No puedo calificarlos. Son locos, pero todos estamos locos. Yo tengo mis rollos y ellos los suyos. Los conocía desde hace muchos años, eran vecinos», dijo el músico. No solo eso: el asesino había ido a la misma escuela que Fito, la Dante Alighieri, y también era músico: tocaba el bajo en una banda de heavy metal.

 

 

De Giusti fue condenado a reclusión perpetua, aunque más tarde se le bajó la condena a 24 años y siete meses de prisión. En 1998 recibió el beneficio de la prisión domiciliaria, porque tenía VIH y estaba casi ciego. Pero se descubrió que había violaba el régimen y volvió a la cárcel, donde murió ese año.

En 1987 Fito editó el disco Ciudad de Pobres Corazones. Una obra maravillosa y a la vez oscuras, con la tragedia sobrevolándola en su totalidad. Acaso la referencia más clara, además de la canción que le da nombre al disco, esté en el tema Track Track.

Por admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.